En los últimos días ha estallado una polémica importante dentro de la astrología internacional. Aunque personalmente no consumo el contenido de Steven Forrest ni sigo de cerca su trabajo, no he podido permanecer al margen de lo ocurrido porque me han llegado mensajes, comunicados y declaraciones de escuelas, congresos y organizaciones astrológicas de distintos países. Cuando tantas instituciones, que normalmente se ocupan de formación, investigación o práctica profesional, empiezan a pronunciarse sobre racismo, responsabilidad y posibles exclusiones de congresos, conviene frenar un poco antes de opinar. No para ponerse rápidamente de un lado o del otro, sino para intentar entender qué ha pasado, qué se ha dicho exactamente y por qué ha generado una reacción tan amplia.
Nuestro compromiso con la ética astrológica
Antes de entrar en la polémica, quiero recordar brevemente la posición de Escuela SPAR. Defendemos una astrología sometida a límites éticos, consciente de la vulnerabilidad de quien consulta y capaz de revisar el poder que ejerce quien interpreta. Ninguna técnica, ningún prestigio y ninguna trayectoria profesional sitúan a una persona por encima de la responsabilidad. Este compromiso está desarrollado en nuestro artículo sobre ética astrológica.
Qué ocurrió en el pódcast
El origen de la polémica está en un episodio de The Lila Astrology Podcast, dedicado al trabajo con la sombra, en el que participaron Steven Forrest, Ricky Williams y Linnea Miron. Durante la conversación, Forrest pronunció de forma explícita un insulto racial contra las personas negras mientras relataba una manera de ridiculizar el racismo que, según explicó, había utilizado décadas atrás. También habló de sus antiguos prejuicios, de cuándo comprendió que las personas negras eran tan inteligentes como las blancas y de una posible relación familiar con una figura vinculada a la fundación del Ku Klux Klan. El problema, por tanto, no se limita a una sola palabra, aunque esa palabra haya concentrado gran parte de la atención.
Algunas personas interpretan que Forrest estaba intentando exponer su propio condicionamiento racista dentro de una conversación precisamente dedicada a la sombra, es decir, a aquellas partes de uno mismo que cuesta reconocer. Otras consideran que el contexto no justificaba pronunciar esa palabra, que algunos de sus comentarios reproducían relatos históricamente dañinos y que sus respuestas posteriores no asumieron de forma suficiente el impacto de lo ocurrido. Las dos lecturas existen, pero no tienen por qué pesar lo mismo. Tampoco deberían resolverse a partir de una captura o de un fragmento de pocos segundos.
El episodio contiene lenguaje racial explícito y puede resultar ofensivo o doloroso.
Escuchar la conversación completa no obliga a absolver a Forrest. A veces el contexto suaviza una frase; otras veces la vuelve más grave. Lo que sí permite es distinguir entre lo que se dijo, lo que quiso decirse y lo que otras personas recibieron. Esa diferencia importa. Mucho. La intención pertenece a quien habla, pero el efecto no está bajo su control. Una persona puede creer que está denunciando un prejuicio y, al mismo tiempo, reproducir una forma de violencia verbal que otras personas no han elegido escuchar.
Los principales motivos de crítica
Chris Brennan publicó después una explicación extensa en la que resumía los seis principales motivos de indignación. El primero fue el uso explícito del insulto racial. Su argumento es sencillo: Forrest podía contar la anécdota, explicar el contexto e incluso reproducir la lógica del comentario sin necesidad de pronunciar la palabra completa. El hecho de que estuviera conversando con un socio y alumno negro tampoco neutraliza, según Brennan, el impacto sobre el resto de la audiencia ni la desigualdad implícita en la situación.
El segundo punto se refiere a las menciones al Ku Klux Klan. Forrest habló de una posible relación familiar con una figura vinculada al origen del grupo y relató una versión según la cual este habría surgido inicialmente para “proteger” a mujeres blancas del sur. Sus críticos sostienen que esta explicación reproduce una narrativa revisionista que durante décadas se ha utilizado para presentar como defensiva o incluso caballeresca a una organización supremacista responsable de violencia y terror racial. No se cuestiona que Forrest pudiera estar relatando una historia familiar, sino la falta de distancia crítica con una versión históricamente cargada.
El tercer reproche tiene que ver con la cultura de la cancelación. En varios momentos, Forrest habría centrado la conversación en su incomodidad ante las restricciones actuales del lenguaje y en la imposibilidad de hacer hoy ciertos chistes que antes consideraba aceptables. Para quienes lo critican, ese desplazamiento es importante porque la conversación deja de girar sobre el daño que una palabra puede causar y pasa a girar sobre lo molesto que resulta no poder utilizarla. No es exactamente lo mismo.
El cuarto punto es su relato sobre la igualdad intelectual. Forrest explicó que durante su juventud arrastró prejuicios racistas y que no comprendió plenamente que las personas negras podían ser tan inteligentes como las blancas hasta que determinadas experiencias personales desmontaron esas creencias. Es posible leer esta confesión como un intento de exponer honestamente una parte vergonzosa de su historia. También es perfectamente comprensible que escuchar a una figura influyente describir ese descubrimiento como algo tardío resulte doloroso para muchas personas negras. La vulnerabilidad de quien confiesa no borra el impacto de lo confesado.
El quinto motivo de crítica se refiere a sus respuestas posteriores. Brennan y otras voces consideran que Forrest reaccionó de manera defensiva, que se apoyó demasiado en lo que pretendía decir, en sus relaciones con personas negras y en su propia percepción de sí mismo, sin reconocer de forma suficiente el impacto público de sus palabras. Aquí aparece uno de los problemas más difíciles de cualquier conflicto moral: explicar la intención puede ser legítimo, pero cuando se convierte en el único argumento termina funcionando como un muro. “No quise hacer daño” no equivale a “no hubo daño”.
El sexto punto tiene algo de ironía amarga. El episodio estaba dedicado al trabajo con la sombra, al reconocimiento de aquello que preferimos no ver en nosotros mismos. Para sus críticos, la resistencia posterior de Forrest a asumir plenamente lo ocurrido mostraría precisamente el tipo de punto ciego que la conversación pretendía examinar. Es una acusación fuerte, pero también una advertencia útil para cualquiera que trabaje con lenguaje psicológico o simbólico: conocer una teoría sobre la sombra no nos concede inmunidad frente a la propia.
La declaración de ISAR
La polémica adquirió una dimensión institucional cuando ISAR, la International Society for Astrological Research, difundió un comunicado firmado por su presidenta, la doctora Jenn Zahrt. La organización afirma que las palabras de Forrest provocaron daño, especialmente a personas negras, y considera que su negativa inicial a asumir responsabilidad y buscar reparación constituye una manifestación de privilegio blanco y comportamiento racista. También aclara que Forrest no es actualmente miembro de ISAR ni posee su acreditación profesional CAP, de modo que la organización no puede aplicar contra él su código ético ni retirarle unos privilegios que no tiene.
“La tolerancia cero no significa cultura de la cancelación.”
Esta frase es probablemente la parte más interesante del comunicado. ISAR propone sustituir la lógica de la cancelación por una cultura de la responsabilidad: reconocer el daño, examinar los privilegios implicados, aprender a mantener conversaciones difíciles y, cuando sea posible, reparar. Pero al mismo tiempo recomienda que Forrest no cumpla su contrato como ponente en la UAC 2026, porque considera que deben existir consecuencias cuando las acciones de una figura pública dañan a la comunidad y, en particular, a sus integrantes negros y pertenecientes a minorías.
Hay aquí una tensión que merece ser pensada sin simplificarla. No toda consecuencia es cancelación, pero tampoco toda demanda de castigo es necesariamente justicia. Retirar a una persona de un congreso puede ser una forma de censura, sí, pero también puede ser una decisión contractual legítima de una institución que considera que determinada conducta contradice los valores que afirma representar. La cuestión no se resuelve usando una etiqueta. Hay que mirar la proporcionalidad de la respuesta, el proceso seguido, la posibilidad de reparación y la coherencia de la institución con sus propios criterios.
Puede consultarse también el Código Ético de ISAR, revisado y ratificado en marzo de 2024.
El contexto no es una absolución
Vivimos un momento cultural bastante extraño. Pedimos contexto cuando la persona acusada nos cae bien, pero cuando nos cae mal suele bastarnos un titular. Eso no es justicia. Es tribalismo con vocabulario moral. Ahora bien, reclamar contexto tampoco puede convertirse en una coartada para diluir cualquier responsabilidad. Hay palabras cuyo peso no depende únicamente de la intención individual. Transportan una historia y entran en una conversación como entra el humo en una habitación: aunque no todos lo perciban igual, modifican el aire que respiran quienes están dentro.
Comprender por qué Forrest pronunció esa palabra no hace desaparecer su efecto. Negarse a escuchar por qué la pronunció tampoco mejora nuestra capacidad de juzgarlo. La ética exige sostener ambas cosas a la vez, y eso suele ser mucho más incómodo que elegir un bando. Comprender no significa justificar. Reconocer el daño tampoco obliga a renunciar a la complejidad.
Responsabilidad y cultura de cancelación
Se utiliza tanto la expresión “cultura de la cancelación” que a veces ya no sabemos bien qué estamos diciendo. ¿Exigir una disculpa es autoritarismo? No necesariamente. ¿Apartar a alguien de un congreso es siempre una forma de violencia? Tampoco. Pero una disculpa arrancada bajo presión pública no garantiza reflexión, aprendizaje ni reparación, del mismo modo que una expulsión puede ser una medida proporcionada o una forma de linchamiento simbólico dependiendo de cómo, por qué y con qué criterios se produzca.
Una comunidad madura necesita límites, pero también necesita caminos de regreso. De lo contrario, el error deja de ser una conducta que puede revisarse y se convierte en una identidad definitiva: has dicho algo racista, luego eres únicamente eso y nada de lo que hagas después importa. Esa lógica puede calmar durante unas horas nuestra necesidad de pureza moral, pero no transforma a nadie. Tampoco ayuda a comprender cómo se aprende, cómo se repara o qué condiciones hacen posible un cambio real.
El juicio moral a velocidad de red social
Buena parte de la conversación pública ya no está organizada para comprender, sino para posicionarse. Recibimos una captura, sentimos indignación, elegimos un bando y después buscamos información que confirme lo que ya hemos decidido. La secuencia debería ser otra: primero los hechos, después el contexto y solo entonces el juicio, siempre provisional y dispuesto a corregirse. La moralidad sin curiosidad se vuelve inquisición. La curiosidad sin límites morales se convierte en indiferencia. Necesitamos ambas cosas: disposición a comprender y capacidad para decir que algo no es aceptable.
Una reflexión incómoda para la astrología
Esta polémica no habla únicamente de Steven Forrest. Habla también de las jerarquías que construimos, del prestigio que a veces confundimos con autoridad moral y de lo difícil que resulta revisar a quienes hemos convertido en referentes. En astrología utilizamos palabras como sombra, conciencia, evolución y transformación con una facilidad enorme, pero eso no significa que sepamos aplicarlas cuando el espejo se gira hacia nosotros. Una carta natal no vuelve ética a una persona. Treinta años de experiencia tampoco.
La ética no es una medalla que se obtiene una vez. Se parece más al equilibrio sobre una bicicleta: solo existe mientras seguimos corrigiendo la posición. En cuanto creemos que ya hemos llegado y dejamos de revisar nuestros movimientos, empezamos a caer. Por eso no me corresponde dictar una sentencia definitiva sobre Steven Forrest, pero sí defender que la dignidad de las personas negras no puede tratarse como un detalle secundario, que el contexto importa y que las instituciones deben responder de manera proporcionada, transparente y coherente.
Exigir responsabilidad no debería reducirse al placer de ver caer a alguien. Comprender no debería convertirse en una excusa para no poner límites. Tal vez la ética empiece precisamente ahí: en soportar la incomodidad de no convertir inmediatamente a una persona en héroe o monstruo, escuchar antes de reaccionar y pensar un poco más antes de hablar.
Fuentes y documentos: episodio original de The Lila Astrology Podcast; declaración de la Junta de ISAR firmada por la doctora Jenn Zahrt; Código Ético de ISAR; y publicación pública de Chris Brennan en la que resume los principales motivos de crítica.

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